El interés de quien desea un cambio es demostrar que el cambio es necesario o inevitable y en cualquier caso beneficioso y, del mismo modo, el interés de quien defiende la estabilidad es demostrar que ni hay necesidad de cambio ni éste va a llevar a otra cosa que a un desastre. Y como el ser humano es esencialmente racional nadie se limita a enunciarlo sino que trata de elaborar alguna teoría que sirva de explicación y justificación de lo que se desea. En la práctica lo peor de esa actitud no es que sea falsa sino que puede cegar al que la mantiene convenciéndole de que sus intereses son, además, verdaderos. En algunos casos puede que se elabore una teoría sólo para engañar a los demás y disimular las verdaderas intenciones, pero creo que muchos reyes no sólo afirmaban tener derecho divino a ser soberanos sino que creían en ello firmemente. Es posible que estar convencido de lo contrario de lo que se afirma produzca un miedo a que la verdad se haga realidad y que la tensión sea tan incómoda que favorezca creer que lo que uno afirma es verdad y que los más fanáticos sean los más convencidos de lo que sostienen.
Por otra parte, sostener con convicción que el cambio o la estabilidad son necesarios, inevitables o positivos contribuye a ganar partidarios pues lo que se afirma se afirma como verdad y los convencidos de la misma idea se sienten sólidamente unidos por una causa objetiva y esto los convierte en más eficaces. Y es obvio que en las etapas de estabilidad las teorías de la estabilidad ganan partidarios porque parecen verdaderas, del mismo modo que en las de inestabilidad triunfan las de cambio. Simplemente sintonizan con lo que se observa y con la necesidades y capacidades de los que las protagonizan. Por ejemplo, en un periodo de estabilidad se hacen gastos en bienes duraderos que pueden ser arruinados por uno de inestabilidad, cosa que hace que el que se edifica una casa no quiera ni imaginar en sus pesadillas. Por el contrario, en uno de inestabilidad triunfan los dispuestos a arriesgarse por un resultado potencialmente muy grande. Y esas tendencias están siempre en la naturaleza humana, más en unos o en otros, pero no son novedades que aparezcan de modo absoluto sino que parecen más o menos válidas y se extienden a más o menos personas de acuerdo con las circunstancias.
El caos es un estado en el que ningún resultado es previsible y en el que pequeñas diferencias en las condiciones iniciales no llevan a pequeñas diferencias en las consecuencias sino a enormes diferencias. Imaginemos que conducimos nuestro vehículo a una velocidad moderada que nos permite corregir la trayectoria a tiempo e imaginemos que vamos acelerando hasta que llega un momento en que no tenemos tiempo de corregir las desviaciones o esquivar los obstáculos. Llegados a esa situación, prácticamente cualquier cosa que hagamos dará un resultado imprevisible pero ciertamente nada quedará como estaba. En un periodo histórico estable los cambios son previsibles y cuando la fuerza social de un individuo o colectivo es suficiente puede modificar los sucesos dentro de un marco de posibilidades conocidas. Sin embargo, si se produce una situación en la que los resultados de los cambios no responden a lo previsto casi cualquier cosa que se haga llevará a una situación inesperada, pero radicalmente diferente de la inicial. Y lo curioso es que parece existir una tendencia a ir forzando cada vez más los sistemas y la capacidad de respuesta a los obstáculos. Por ejemplo, tras una época de estabilidad, la tendencia es a creer que va a continuar la estabilidad y a crear una teoría que explique y justifique la estabilidad como si esta fuera a ser eterna de ahí en adelante. El resultado es la incapacidad para prever y afrontar los cambios. En una de inestabilidad se favorece la organización dispersa y la adaptación al momento inmediato, cosas que llegada la estabilidad le convierten a uno en un ser diminuto incapaz de acciones concertadas.
Pues bien, cuando se analizan los periodos de revoluciones comunistas o fascistas, o cualquier otra, podemos ver que algo ha desequilibrado el sistema social: una guerra, una carestía, un enfrentamiento civil y en esos momentos el futuro se vuelve aún más imprevisible y las decisiones, sean las que sean, difícilmente llevan al punto que uno esperaba al tomarlas. No es extraño que, al igual que conduciendo un vehículo se toman decisiones precipitadas como frenar de golpe o girar la dirección en un sentido equivocado, se tomen decisiones políticas que convierten la situación en más caótica. Y cuanto más caótica es la situación menos probable es poder tomar una decisión correcta ni tener tiempo para ello. Bajo la situación de tensión, cada vez más personas van creyendo que las decisiones habituales hasta ese momento no son adecuadas y opta por tomar decisiones excepcionales y eso raramente disminuye el caos sino que en general lo aumenta. Sólo en algunas ocasiones se mantienen los nervios y se sabe qué hacer y se sobrevive, pero los periodos de profunda crisis económica en países arruinados por la guerra en Europa que estamos revisando no fueron propicios para las decisiones reflexivas y templadas sino que los que tomaron la iniciativa y consiguieron seguidores fueron los que proponían medidas excepcionales para tiempos excepcionales. En Alemania y el Rusia había partidos democráticos pero resultaron sin iniciativa suficiente, o sin fortuna en tiempos de azar, y triunfaron los partidos extremistas. Y una vez perdido el sentido de la racionalidad y glorificada la verdad absoluta del partido o del jefe nos encontramos, como hemos visto antes, en una situación en la que los errores no se transmiten al que toma las decisiones porque se aísla de ellos y la catástrofe llega tarde o temprano.
La ideología de las monarquías que defendía su existencia como orden natural de las cosas debía rechazar que la sociedad fuese el resultado de conflictos y de colaboración y entre los conservadores se podrán encontrar abundantes condenas del concepto de lucha de clases o de revolución en cuanto que la inestabilidad era o una rebelión contra el único orden o la demostración de que tal orden era injusto. Por eso, la puerta que abre el liberalismo al considerar la sociedad como resultado de distintos intereses abre la posibilidad de considerar la forma en que se produce el encuentro de los diferentes intereses y al marxismo a hacer la crítica de las estructuras sociales. Y esto, la dinámica social, puede ser uno de los grandes avances que Marx y su época impulsan. Ya no se podrá creer en un orden natural estable sino en el resultado de múltiples conflictos en medio de unas circunstancias determinadas. En este aspecto, la huella de Marx en la sociología es definitiva y queda a salvo de su error al prever la forma en que realmente va a transformarse una sociedad industrial. Podemos leer en el Manifiesto comunista (1) una predicción totalmente opuesta a lo que ha tenido lugar, ya que las industrias no han creado una mayoría de puestos de trabajo que no requieran habilidad sino todo lo contrario. La industria ha requerido cada vez más trabajadores especializados, técnicos e ingenieros expertos en el diseño, la construcción, el uso y el mantenimiento de máquinas complejas. Imaginemos la fuerza que puede tener en sus reivindicaciones un trabajador del que depende el funcionamiento de las redes de internet. Y los conflictos no han ido creando una oposición violenta entre una minoría explotadora y una mayoría cada vez más explotada y pobre, sino que la fuerza relativa de los trabajadores especializados ha creado la democracia al darles el arma de su saber y experiencia.
Sin embargo, es cuando las crisis alteran el orden en el que las cosas son previsibles, aunque no tengan nada de naturales ni de inevitables, cuando el papel relativo de cada individuo en la sociedad se vuelve también imprevisible y cuando éste reevalúa constantemente si su participación en el orden presente le reporta beneficios o perjuicios. Los profetas del caos sólo pueden encontrar partidarios para aplicar sus recetas cuando el caos es visible. Lo normal será que el agorero sea visto como un ser extraño del que compadecerse, en el mejor de los casos. Pero cuando el caos que predice se presenta empieza a ser visto como alguien capaz de dar certidumbre en medio del caos y es entonces cuando mucha gente cree en las ideas más extravagantes, ridículas e incluso criminales. Y es entonces cuando las tendencias a la cooperación o a salvarse a uno mismo o al colectivo de aliados afloran en todo su dramatismo.
Podemos tender a considerar y a querer demostrar, como un rey en su trono, que el mundo y la sociedad estable que conocemos son los únicos posibles o aquellos a los que la Naturaleza tiende de forma espontánea, olvidando que la naturaleza de la sociedad es el conflicto. O creer que las valoraciones que hacemos en tiempo de prosperidad y paz son las misma que todo el mundo haría en tiempos de carestías y guerra. Y eso, además de que podamos engañarnos a nosotros mismos en una tarde de debate amistoso, nos incapacita para prever los cambios y para orientarlos en el sentido que deseemos. ¿Acaso el instinto criminal de los SS nazis apareció de la nada en la culta sociedad alemana de entreguerras? ¿Acaso la opción del golpe de estado era incompatible con la naturaleza de los rusos de 1917? Todo eso está presente siempre y se activa y se refuerza en medio del caos hasta parecer natural al número suficiente de personas para que se lleve a la práctica.
Nota 1:
La industria moderna ha transformado el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del capitalista industrial. Masas de obreros, hacinados en la fábrica, son organizados en forma militar. Como soldados rasos de la industria, están colocados bajo la vigilancia de toda una jerarquía de oficiales y suboficiales. No son solamente esclavos de la clase burguesa, del Estado burgués, sino diariamente, a todas horas, esclavos de la máquina, del capataz y, sobre todo, del burgués individual, patrón de la fábrica. Y es despotismo es tanto más mezquino, odioso y exasperante, cuanto mayor es la franqueza con que proclama que no tiene otro fin que el lucro.
Cuanto menos habilidad y fuerza requiere el trabajo manual, es decir, cuanto mayor es el desarrollo de la industria moderna, mayor es la proporción en que el trabajo de los hombres es suplantado por el de las mujeres y los niños. Por lo que respecta a la [118] clase obrera, las diferencias de edad y sexo pierden toda significación social. No hay más que instrumentos de trabajo, cuyo coste varía según la edad y el sexo.
El manifiesto comunista. Capítulo I. Burgueses y proletarios. (Subir)
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viernes, 1 de febrero de 2008
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